nota 7


Ángeles

No es cierto que todo cambie. Hay un momento en el que parece que sí, un instante de resplandor en la hierba, cuando un solo gesto encajaría las piezas que nos queman. Pero las manos no alcanzan, y se oye de fondo un crujido. Lúcidos, despiertos... aunque tal vez dormidos. Y tal vez la vida fue ese segundo mágico que no llegó a tocarnos. Porque hubo un atardecer a escondidas en el parque. Muertos de frío, abrazados bajo unas estrellas que en Madrid siempre brillan desde lejos, sentimos el aleteo de un sueño. Una voz rota susurró: "tiene que ser esto... tiene que ser cierto". No tuve miedo. Dormía. La certeza me tocó tan dentro, que al despertar se hizo el silencio. No es cierto que haya un vacío, sólo es silencio. No es cierto que las personas acaben ocupando su sitio en nuestras vidas, que el tiempo cure las heridas, que todo cambie.

Demonios

En Madrid el frío no penetra la piel. Aunque las piedras reboten en el estanque helado. Sólo aquí los álamos son mástiles blancos sobre el césped verde y las hojas caídas resisten al invierno. Y aunque no quede nada de lo que fuimos... la misma ladera, el mismo árbol, el mismo resplandor en la hierba. Y puedo atravesar el parque, a través de la tierra roja, y llegar hasta allí, chapoteando en el espacio. Sentarme entre sus raíces sin sentir frío, y ver entre sus ramas el mismo pedazo de cielo, los mismos edificios dibujando el universo. Al otro lado del mundo. Exactamente el mismo lugar, la misma sonrisa, el mismo viento.

flor 7

capítulo 7

nota 6



El vapor de agua, ardiente, inundaba el baño. No distinguía su perfil en el espejo, y los mechones cobrizos se le pegaban a la piel húmeda. Las grietas del mármol dibujaban divertidos perfiles en la penumbra de la ducha: tal vez un dragón, pensó. Y al acariciarlo, cientos de gotas se condensaron en sus dedos, resbalando por el codo hasta el hueco de su axila.
Había encontrado el pequeño café casi por casualidad, rastreando la Plaza de los Artistas mientras agotaba un cigarrillo tras otro. Iba dejando un rastro de ceniza al caminar. En cuanto el filtro le rozaba los labios, lo dejaba caer al suelo, aplastándolo suavemente entre los adoquines con el tacón de su sandalia. Fue tras el tercer cigarrillo cuando vio el café. Casi por casualidad, porque la hubiese encontrado de todas formas. Estaba sirviendo las mesas, de espaldas al sol. Llevaba el pelo a lo garçon, más corto aún, y unos vaqueros maltratados que no ocultaban las huesudas rodillas.
Drania se acercó hasta la mesa más soleada y pidió un zumo de naranja. Encendió el cuarto cigarrillo con un leve chasquido y tiró la tarde observando a la joven entre los aros grises de sus cigarros. A veces, ella le sonreía, entre bandejas, cafés y croissants. Cuando se puso el sol, la invitó a cenar en un bistró cercano. Cuando se terminaron la charla superficial y la última crêpe de chocolate, la invitó a tomar una copa en su atelier. Cuando subían por las escaleras, se le echó al cuello, y ella se dejó acorralar contra la pared, con el deseo bulléndole ya ombligo abajo.
–Silvia... –susurró, lamiendo el lóbulo de la oreja dormida.
Más tarde aún, desnudas sobre la alfombra roja, se besaron largo rato con la desgana del hastío entre sus lenguas hendidas. Drania, adormilada, acariciaba tiernamente su espalda. Fue entonces, al sentir erizarse de placer las escamas agazapadas bajo la piel de Silvia, cuando recordó. Recordó el Ritual en la oscura densidad de la Caverna, donde aullaban las Siete reposando las alas rotas en sus tronos de roca sobre el pozo de lava. Recordó el dolor en sus oídos cuando hablaron:


Ha sido encontrado. El último, un Tarasque.
Saldréis mañana hacia París. Engendraréis sus vástagos.
Hasta que un híbrido respire, lo retendréis.
Después, entregaréis el cuerpo a la Llama.
La Era de los Dragones ha terminado.


Recordó cómo relucían las tijeras de fuego sobre la Estalagmita Hoyada, entre los tronos de piedra. Cómo reventaron sus oídos cuando uno de sus mechones ardió en la lava, sellando la promesa de muerte. Cuando la visión terminó, encendió un cigarrillo en los ojos de Silvia y fumó largamente, ahogando el miedo en el humo gris, hasta quedarse dormida.
El vapor de agua, ardiente, inundaba el baño. Se acercó al espejo ciego y su mano limpió la superficie con impaciencia. Un perfil de mujer se reflejó de golpe en el cristal, envuelto en cabellos cobrizos. Ahogó una carcajada, cerró el grifo de la ducha y salió del baño. No habría vástagos de Silvia.

flor 6


capítulo 6

nota 5

In memoriam

La niña duerme, pero no aquí sino en otra habitación, cerca, muy cerca.

Me gusta acercarme a su cunita después de hacer el amor, acariciar su piel tierna y pálida, apenas rozada por el sol, apenas engendrada en mis entrañas como un milagro de vida, acariciada por la oscuridad herida de luna que parece buscar sanar en su delicado tacto el frío de la noche.
Duerme, plácidamente, como él cuando reposa adormecido sobre mi vientre, con su cuerpo aún firmemente amarrado al mío, aferrado a mi piel como una enredadera cálida y eterna que parece adentrarse en mi alma y acariciarla como si fuese tan delicada como la piel de la niña..
Me gusta acercarme a su cunita antes de que el sueño me venza y la nostalgia del calor de su padre me aleje de su sonrisa de niña apenas nacida para refugiar mi frío bajo las sábanas, abrazada a la calidez del vello rizado que también la ama.
Nunca llora mientras hacemos el amor, mientras él se hunde en mí como un océano; parece escuchar, dormida, el grito de la vida que el silencio le arranca a nuestros cuerpos cuando nos amamos. Parece soñar que aún es dos cuerpos a punto de fundirse en uno, como nosotros, bajo las sábanas, arrasados por el calor del amor que derrite las noches de invierno.
Calla, silenciosa, como escuchando cómplice lo que una vez fue ella: un grito de vida ahogado en la noche, de dolor y risa en el vientre recién estrenado.
Quizá sueñe con ser ella carne de otra vida, quizá espere que el tiempo se deslice suavemente sobre su piel de niña para poder gozar en brazos de aquel que en ella busque inaugurar su seno aún virgen con una risa.
Ciertamente ella es la vida, el calor que me abrasa las entrañas cuando él me ama, cuando siento su cuerpo derretirse sobre mis pechos húmedos de deseo, cuando el aliento se me pierde entre sus besos y la consciencia escapa lejos, entre sus dedos, que la acarician y poseen como sólo él ha sabido hacerlo.
Ella es la vida que tuvo que escapar para no estallarme dentro, que se me escurrió entre las piernas cuando se llenó mi vientre con su fuego. Lo supe cuando oí su llanto, cuando al nacer su voz reconocí en ella el grito de mi cuerpo al ser amado.

flor 5

capítulo 5

 
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