nota 9


Caminos del Espejo

Para Alejandra

Del árbol de la locura quiero extraer mis versos, Alejandra. Para no ser más excesivamente amable, sino excesiva. Respirar humo rojo y dejarme las entrañas entre palabra y palabra. Ser niña de tiza en la pared de un loco soñador de sueños. Lúcida. Sabiéndome silencio y sed. Porque el silencio es cierto. Y escribo. Estoy muda y escribo. Porque deseo un silencio cierto. Por eso hablas y la tarde tiene la forma de un grito de loba. Y mi caída será como la tuya, una única palabra que fue yo pero quería ser silencio. Hay alguien aquí que tiembla, Alejandra. Volver a la memoria del cuerpo. Volver a los huesos en duelo. A la piel. Y sed. Perderse en la imagen presentida. Delicia. Y comprender lo que dice tu voz: Alicia: la que duerme en un país al viento.

flor 9

capítulo 9

nota 8


Sound
El sonido del silencio.
Hay una canción que habla del silencio.
¿Por qué no quedarse aquí?
Tener una vida rutina. De lunes a viernes. De ocho a tres.
Como los demás.
¿Cuántas veces seré capaz de rehacerme a mí misma?
El silencio.
Me cuesta salir de casa.
Y, al salir, sentir llegar el viento sobre las hojas verdes los álamos.
¿Quieres ser uno conmigo?
Llévame contigo.
¿Quieresserunoconmigo?
Llévamecontigo llévamecontigollévamecontigo…

Soul
El sonido del alma.
Hay una canción que habla del alma.
¿Por qué no volar muy lejos?
Tener una rutina vital. De domingo a sábado. From sunrise to sunset.
Como los pájaros.
Reinvéntate cada día.
El silencio.
Tu casa está en tu corazón.
Y, al salir, sentir llegar el viento sobre las hojas verdes de los álamos.
¿Quieres ser uno conmigo?
Toma mi mano.
¿Quieresserunoconmigo?
Tomamimano tomamimanotomamimano...

Llegaremos muy lejos.

flor 8

capítulo 8

nota 7


Ángeles

No es cierto que todo cambie. Hay un momento en el que parece que sí, un instante de resplandor en la hierba, cuando un solo gesto encajaría las piezas que nos queman. Pero las manos no alcanzan, y se oye de fondo un crujido. Lúcidos, despiertos... aunque tal vez dormidos. Y tal vez la vida fue ese segundo mágico que no llegó a tocarnos. Porque hubo un atardecer a escondidas en el parque. Muertos de frío, abrazados bajo unas estrellas que en Madrid siempre brillan desde lejos, sentimos el aleteo de un sueño. Una voz rota susurró: "tiene que ser esto... tiene que ser cierto". No tuve miedo. Dormía. La certeza me tocó tan dentro, que al despertar se hizo el silencio. No es cierto que haya un vacío, sólo es silencio. No es cierto que las personas acaben ocupando su sitio en nuestras vidas, que el tiempo cure las heridas, que todo cambie.


Demonios

En Madrid el frío no penetra la piel. Aunque las piedras reboten en el estanque helado. Sólo aquí los álamos son mástiles blancos sobre el césped verde y las hojas caídas resisten al invierno. Y aunque no quede nada de lo que fuimos... la misma ladera, el mismo árbol, el mismo resplandor en la hierba. Y puedo atravesar el parque, a través de la tierra roja, y llegar hasta allí, chapoteando en el espacio. Sentarme entre sus raíces sin sentir frío, y ver entre sus ramas el mismo pedazo de cielo, los mismos edificios dibujando el universo. Al otro lado del mundo. Exactamente el mismo lugar, la misma sonrisa, el mismo viento.

flor 7

capítulo 7

nota 6


El vapor de agua, ardiente, inundaba el baño. No distinguía su perfil en el espejo, y los mechones cobrizos se le pegaban a la piel húmeda. Las grietas del mármol dibujaban divertidos perfiles en la penumbra de la ducha: tal vez un dragón, pensó. Y al acariciarlo, cientos de gotas se condensaron en sus dedos, resbalando por el codo hasta el hueco de su axila.
Había encontrado el pequeño café casi por casualidad, rastreando la Plaza de los Artistas mientras agotaba un cigarrillo tras otro. Iba dejando un rastro de ceniza al caminar. En cuanto el filtro le rozaba los labios, lo dejaba caer al suelo, aplastándolo suavemente entre los adoquines con el tacón de su sandalia. Fue tras el tercer cigarrillo cuando vio el café. Casi por casualidad, porque la hubiese encontrado de todas formas. Estaba sirviendo las mesas, de espaldas al sol. Llevaba el pelo a lo garçon, más corto aún, y unos vaqueros maltratados que no ocultaban las huesudas rodillas.
Drania se acercó hasta la mesa más soleada y pidió un zumo de naranja. Encendió el cuarto cigarrillo con un leve chasquido y tiró la tarde observando a la joven entre los aros grises de sus cigarros. A veces, ella le sonreía, entre bandejas, cafés y croissants. Cuando se puso el sol, la invitó a cenar en un bistró cercano. Cuando se terminaron la charla superficial y la última crêpe de chocolate, la invitó a tomar una copa en su atelier. Cuando subían por las escaleras, se le echó al cuello, y ella se dejó acorralar contra la pared, con el deseo bulléndole ya ombligo abajo.
–Silvia... –susurró, lamiendo el lóbulo de la oreja dormida.
Más tarde aún, desnudas sobre la alfombra roja, se besaron largo rato con la desgana del hastío entre sus lenguas hendidas. Drania, adormilada, acariciaba tiernamente su espalda. Fue entonces, al sentir erizarse de placer las escamas agazapadas bajo la piel de Silvia, cuando recordó. Recordó el Ritual en la oscura densidad de la Caverna, donde aullaban las Siete reposando las alas rotas en sus tronos de roca sobre el pozo de lava. Recordó el dolor en sus oídos cuando hablaron:

Ha sido encontrado. El último, un Tarasque.
Saldréis mañana hacia París. Engendraréis sus vástagos.
Hasta que un híbrido respire, lo retendréis.
Después, entregaréis el cuerpo a la Llama.
La Era de los Dragones ha terminado.

Recordó cómo relucían las tijeras de fuego sobre la Estalagmita Hoyada, entre los tronos de piedra. Cómo reventaron sus oídos cuando uno de sus mechones ardió en la lava, sellando la promesa de muerte. Cuando la visión terminó, encendió un cigarrillo en los ojos de Silvia y fumó largamente, ahogando el miedo en el humo gris, hasta quedarse dormida.
El vapor de agua, ardiente, inundaba el baño. Se acercó al espejo ciego y su mano limpió la superficie con impaciencia. Un perfil de mujer se reflejó de golpe en el cristal, envuelto en cabellos cobrizos. Ahogó una carcajada, cerró el grifo de la ducha y salió del baño. No habría vástagos de Silvia.

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capítulo 6

nota 5

In memoriam

La niña duerme, pero no aquí sino en otra habitación, cerca, muy cerca.
Me gusta acercarme a su cunita después de hacer el amor, acariciar su piel tierna y pálida, apenas rozada por el sol, apenas engendrada en mis entrañas como un milagro de vida, acariciada por la oscuridad herida de luna que parece buscar sanar en su delicado tacto el frío de la noche.
Duerme, plácidamente, como él cuando reposa adormecido sobre mi vientre, con su cuerpo aún firmemente amarrado al mío, aferrado a mi piel como una enredadera cálida y eterna que parece adentrarse en mi alma y acariciarla como si fuese tan delicada como la piel de la niña..
Me gusta acercarme a su cunita antes de que el sueño me venza y la nostalgia del calor de su padre me aleje de su sonrisa de niña apenas nacida para refugiar mi frío bajo las sábanas, abrazada a la calidez del vello rizado que también la ama.
Nunca llora mientras hacemos el amor, mientras él se hunde en mí como un océano; parece escuchar, dormida, el grito de la vida que el silencio le arranca a nuestros cuerpos cuando nos amamos. Parece soñar que aún es dos cuerpos a punto de fundirse en uno, como nosotros, bajo las sábanas, arrasados por el calor del amor que derrite las noches de invierno.
Calla, silenciosa, como escuchando cómplice lo que una vez fue ella: un grito de vida ahogado en la noche, de dolor y risa en el vientre recién estrenado.
Quizá sueñe con ser ella carne de otra vida, quizá espere que el tiempo se deslice suavemente sobre su piel de niña para poder gozar en brazos de aquel que en ella busque inaugurar su seno aún virgen con una risa.
Ciertamente ella es la vida, el calor que me abrasa las entrañas cuando él me ama, cuando siento su cuerpo derretirse sobre mis pechos húmedos de deseo, cuando el aliento se me pierde entre sus besos y la consciencia escapa lejos, entre sus dedos, que la acarician y poseen como sólo él ha sabido hacerlo.
Ella es la vida que tuvo que escapar para no estallarme dentro, que se me escurrió entre las piernas cuando se llenó mi vientre con su fuego. Lo supe cuando oí su llanto, cuando al nacer su voz reconocí en ella el grito de mi cuerpo al ser amado.

flor 5

capítulo 5

nota 4


Claro que el café es un veneno lento; hace cuarenta años que lo bebo.

Voltaire


El café despertaría muchas pasiones a lo largo de los siglos.
Traído del Medio Oriente, se le consideraba bebida del demonio por provenir de los "infieles musulmanes". El Papa Clemente VIII afirmó que si se hacía con agua bendita hervida se le quitaba lo diabólico, y así encontró la excusa para poder consumirlo a menudo, muchas veces con abundante crema fresca.
El buen rey polaco Juan III Sobiesky sentiría un gran gusto por el café, sobre todo si iba acompañado de una buena sartén de croissants: esos hojaldres que inventaron en 1683 los panaderos austríacos en su honor, tras liberar a Viena del turco.
No se quedaría atrás Honoré de Balzac, ya que el célebre escritor francés afirmaba que no podía escribir si no tomaba café.
El eunuco italiano Carlos Broschi, más conocido como Farinelli, era otro fan de una buena taza de café acompañada con buena repostería; mientras que el inventor Tomás Alva Edison, muchas veces prefería tomar una taza de café con pastel de manzana en lugar de una comida completa.

flor 4


Historias rojas y violetas en los escaparates de las tiendas.

capítulo 4

nota 3

RECETA DE PAN BLANCO

Ingredientes:
500 gr. de harina (tipo 00)
300 gr. de agua templada (a unos 20ºC)
15 gr. de levadura (de panadero)
10 gr. de sal

Preparación:
En un cuenco grande, disolver la sal en un poquito de agua, añadir la harina, la levadura previamente disuelta en otro poco de agua, y el resto del agua.

Amasar bien todos los ingredientes hasta obtener una masa homogenea, suave y brillante. Enharinar una superficie amplia y lisa, y sobre ella, seguir trabajando la masa con las manos, golpeandola y estirandola, hasta que adquiera una elasticidad adecuada.

Poner la masa en un recipiente, tapar con un paño, dejar reposar.

Dividir la masa en dos partes, darles forma ovalada, y colocarlas sobre un paño seco. Cubrir y dejar reposar de nuevo hasta que doblen su volumen.

Hacer un par de cortes en la superficie de los panes con un cuchillo o cutter, disponerlos sobre una bandeja de horno (enharinar si se desea los panes), barnizar cada panecillo con una brocha mojada en agua, y cocer en el horno 35 minutos a 240º C.

flor 3

capítulo 3

nota 2


Supongo que era otro mundo. No teníamos paga, pero aún había formas de sacarse unos cuartos, en el propio barrio, sin ensuciarse mucho las manos.
En la tienda de alimentación, te daban diez pesetas por casco, y la pradera siempre escondía algún tesoro. Aún no entendíamos muy bien cómo llegaban hasta el césped las litronas --éramos unos enanos-- pero ahí estaban, relucientes bajo el sol de la tarde, nuestro pase directo a las tiendas de chucherías.
Tras el reparto, con veinte pesetas por bolsillo, nos daba como mucho para cuatro o cinco gominolas --según tamaños y gustos-- así que cada una de ellas tenía que ser excepcional. Así empezaba la búsqueda. Por supuesto, teníamos localizados algunos puertos seguros.
Las mejores moras (negras, claro está) las vendían en un quiosco que quedaba cerca del colegio, al otro lado del parque, cruzando la avenida. Estaba demasiado lejos de la pradera, así que normalmente no comíamos moras: suponian un esfuerzo que pasaba por caprichoso lujo para la mayoría. La especialidad de estas moras, en concreto, consistía en su extraordinario sabor, aunque todos sus elementos estaban increíblemente bien logrados: unos granos duros, gruesos y levemente separados entre sí, recubiertos con un polvillo mate que les confería una ilusión de suciedad, como si las moras estuviesen recién cogidas de una zarza-goma, algo fantástico; dentro, una gominola blandita pero resistente, capaz de aguantar más de cuarenta segundos en la boca sin deshacerse, por no hablar de su dulce olor afrutado... pero sobre todo, era el delicioso gusto a baya silvestre que invadía tus sentidos cuando las partías en dos, en el primer mordisco, lo que las hacía únicas. Una delicia que, desgraciadamente, no he vuelto a encontrar en ninguna tienda del barrio...

flor 2


[...] dragonarias fieras como talismanes.

capítulo 2

nota 1

Cuando Mary Wortley Montagu hizo inocular a sus propios hijos para protegerlos de la viruela, hubo murmullos de salón y crepitar de abanicos británicos.
En 1716 había decidido acompañar a su esposo a la corte turca en Estambul, y desde entonces ya había enviado a Inglaterra más de una carta de amor escrita en Turquí con la interpretación del significado de algunas plantas, flores y especias. La maravilla de las flores, proponía, era que las palabras y mensajes de amor -aún en los altercados- se podía trasmitir de manera sutil y refinada.
Se cree que el lenguaje de las flores comenzó en Constantinopla, en torno a 1600. Se dice que fue el rey Carlos II de Inglaterra el que trajo dicho arte a occidente, en el s. XVII, recopilando fuentes desde Suecia a Persia, y posiblemente tomando gran parte del lenguaje floral del arte japonés del Hanakotoba. Pero fue a principios del XVIII cuando Seigneur Aubry de la Mottraye y Lady Wortley Montagu, tras visitar la corte de Carlos XII de Suecia, exiliado en Turquía, plasmaron en sus narraciones el estilo de vida en la corte turca, incluyendo el Selam: el lenguaje de los objetos.
Mary Montagu regresó a Inglaterra en 1718, llevando con ella curiosos relatos acerca del lenguaje de las flores. Sin embargo, hasta 1763 no se tradujeron y publicaron sus narraciones, en las que se asignaban significados a cada flor, no por referencias a su apariencia o esencia sino por un ejercicio nemotécnico.
Fue en Turquía donde Lady Mary conoció la práctica de la inoculación. Sin embargo, ni siquiera las cicatrices de la viruela que mostraba para demostrar su eficacia, convencieron a médicos y científicos europeos de la idoneidad de dicha práctica. Era la vacuna. El mundo occidental tendría que esperar sesenta años para que se aceptara como medio válido en la lucha contra ciertas enfermedades.
El interés por la transmisión de mensajes utilizando el código floral se propagó, por supuesto, a Francia. En 1818 Madame Charlotte de la Tour escribía Le Langage des Fleurs, que salió impreso con 800 muestras florales. El libro fue considerado atrevido y muchas de las descripciones que contenía se tildaron de escandalosas, tanto, que fueron atenuadas en su traducción inglesa, pese a que la reina había comentado su deseo de leerlas. Sin embargo, en 1879 el Flower Lore... de Miss Corruthers de Inverness consolidó y universalizó la vinculación de la expresión amorosa con algunas especies florales.
Y, así, la tradición elaborada a lo largo de los siglos en torno al lenguaje de las flores, ha ido pasando de generación en generación como un delicioso secreto familiar, aunque su significado había empezado a traspasar los límites simplemente amorosos...

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capítulo 1

 
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